jueves, 13 de junio de 2013

La teleología y el origen

Toda teleología, en el fondo, pretende lo inalcanzable. Es como darse vuelta y en un arrebato entrar en esos azarosos senderos que supuestamente nos llevan al origen. Toda teleología es un inalcanzable espejismo remozado por la fascinación de un continuo regreso al infinito. El origen y el fin son la misma máscara. Sin embargo, ese impulso irrazonable estará siempre con nosotros. El deseo por lo original y lo final estará siempre allí, en fondo de nuestra conciencia, arraigado al suelo del lenguaje, acicateandonos o redimiendonos de la monstruosa indiferencia del universo, mejor dicho, seduciendonos, como la primera manzana o la Jerusalem definitiva. Dos espejos enfrentados en la blanda carnosidad de los acontecimientos, en las horas que estamos apartados del sueño.

martes, 3 de abril de 2012

Lo invisible

La esencia de Dios es la invisibilidad. La conciencia en si misma es invisible. La conciencia de si es el centro. Los espejos son recursos ilusorios. Las experiencias límites, las trascendentales, solo ocurren en la soledad absoluta, en la ingrimitud. Hay que adentrarse profundamente en las regiones de la soledad para percibir lo verdaderamente invisible.

lunes, 13 de junio de 2011

El Cínico

Estoy aquí, solo, girando, ebrio de mí, dando tumbos en mi centro, contrayéndolo, medito, nada importa, puede cantar un pájaro, o el viento puede devolverse desde mi corazón, de la ira recuerdo varias bocas, delgadas, secas, rebosadas en la pulpa de los besos, no hay ideal, ni nadie que me de la razón, no sufro, sonrío, veo una boca de orillas golosas, abundantes y brillantes de lujuria, no quiero hacer el gesto, esta espera abraza mi centro, tengo que replegarme, los felinos andan de cacería.

miércoles, 20 de abril de 2011

Locura

Desconfío de las generalizaciones, pero tengo la sospecha que enloquecer es la auténtica, o la única via hacia lo místico, lo trascendente. No es un asunto de argumento, dificilmente me interesa convencer, yo mismo estoy lleno de dudas en el asunto. Es más una especie de intuición. A lo mejor, como muchas cosas en mi vida, sea sólo un asunto de gusto, mi tendencia a caer fascinado por lo extravagante. Seguramente la verdad en todo esto no es que enloquecer sea la via, sino que tal vez es mi posible via. Jajaja, Circe y sus astucias, la hermosa y peligrosa maga siempre rondando mi empobrecida imaginación. Claro, un loco es un paria, vive en los suburbios, ronda cínicamente en lo fronterizo de la animalidad y la razón.

viernes, 1 de abril de 2011

Los límites del mundo, la geografía, el sueño y el yo

Wittgenstein dice que el sujeto es el límite del mundo. No estamos dentro del mundo, no somos parte de él, somos la orilla de este. Siempre estamos mirando la mundanidad, enfocados ferreamente en ella. Los límites. Es curioso como la geografía y sus instrumentos semánticos son de uso frecuente en los predios de la filosofía, seguramente es por ese predominio que lo visual tiene en la conciencia humana. Somos esclavos de la mirada y como tal todo parece enfocarse desde la cabeza, allí están la mayoría de nuestros sentidos. Cuando dormimos y soñamos la realidad donde caemos parece ser una proyección distorsionada del mundo. Llevamos al sueño esta misma realidad que nos aprisiona la mirada, aunque cabe aquí la metáfora platónica del reflejo en la cueva del mundo de las ideas. ¿Será esa caverna la del ojo? Sin embargo el ojo no puede verse a si mismo, es necesario un espejo. ¿Será por eso nuestra irrefrenable tendencia especulativa? Sólo el otro puede darnos el sí mismo, este último no existe, o es fantasmal, solo es apenas una referencia gramatical, la primera persona, el inasible yo.
Sigue obsesionandome el momento del sueño, esa dimensión en que el ojo parece darse vuelta y enfoca detrás de sí una versión enmarañada del mundo. Lo tremendo son los momentos de perplejidad, de saber en él lo inexpresable, lo que según Wittgenstein no puede decirse sino mostrarse. Uno despierta con ese sabor a plenitud, esa eufórica seguridad que no tiene proposiciones lógicas, pero que, a lo largo de las horas de vigilia, el ruido hipnótico del mundo comienza a disolver en sal y olvido.

martes, 12 de octubre de 2010

Dale con la bondad

El verdadero modo de ser bondadoso con lo demás es no serlo consigo mismo. Ser bueno es un sacrificio. Véase al hombre de la Cruz. Ahora, esta hay que cultivarla, y esa es una etapa muy dolorosa. Ser bueno a secas, sin adjetivos, requiere muchísima irracionalidad. La auténtica bondad es la que no tiene espera. Colocar la bondad bajo el aval de la esperanza es un hipocresía, es colocar un depósito con altos intereses. Un negocio redondo. Ahora bien ¿De donde nos viene esa manía por lo bondadoso? Hay que averiguarlo.

Lo más próximo a la bondad (y no es bondad sino en la forma) es el afecto de los padres a los hijos, y allí hay demasiadas facturas bajo la manga. Uno de los vericuetos que es necesario transitar para descubrir los enredos racionales de la bondad son los del inconsciente. Allí es donde nos esperan los agudos cuernos del bien y el mal. En ese lugar no hay astucia que valga, no hay ninguna Ariadna ni ovillo de seda a la mano.

lunes, 11 de octubre de 2010

La caída

La racionalidad en el ser humano comenzó al momento de tener éste conciencia de la muerte. Ese día o esa noche pronunciamos la primera palabra, un simple monosílabo. Ese que balbuceamos ante el jugoso seno de la madre. En ese mismo instante perdimos las pezuñas, las plumas y las garras, abandonamos la eternidad.

Hay que ir más allá del país de los lestrigones, de ser posible volver a naufragar en la isla Aea y que la hija de Perseida nos regrese al graznido, al maullido, al chillido
, nos devuelva la eternidad, nuestra lejanía de la palabra...